Esperpéntico
Domingo, 4 Marzo 2007 a las 16:37

Situaos: día 20 de febrero, martes, 22.40 aproximadamente.
Acaba de terminar, o está en sus últimos estertores, el partido de Champions. Tranquilito, salgo un momento a que me dé el aire antes de acostarme, que al día siguiente hay instituto. En ésas estamos cuando ¡zas!, se va la luz. Perfecto. Más perfecto todavía: ves que los vecinos SÍ tienen luz. Que te cagas. Nos espera una acojonante factura del electricista.
No obstante, recordando que desde hacía dos años (7 de febrero de 2005, tengo esa fecha tallada en el cerebro, menuda tormenta de granizo cayó) sufría IN-SO-POR-TA-BLES bajadas de tensión que hacían que la intensidad de la luz de las bombillas bajara a la de prácticamente un candil (sin exagerar) y que los tubos fluorescentes directamente se apagaran de vez en cuando; y más teniendo en cuenta los incidentes de hace año y pico, decido llamar a Iberdrola (novecientos uno veinte veinte veinte) por si sonara la flauta y fuera cosa del contador, o del árbol de la vecina enredado en el cable (o viceversa) que trae la electricidad a mi casa, o de que sé yo que no fuera nada de la instalación de mi casa en sí.
Pues llamo (a oscuras, con el LED del Telefónica DOMO y la luz de la pantalla del móvil) y pulso los números pedidos por la puñetera voz robotizada: para teléfono pulse 1, para electricidad 2; para contratar electricidad pulse uno […] para notificar una avería pulse 4; para ver si existe una avería en su zona introduzca su código postal (yo aquí ya estaba cabreado porque ya sabía que NO había ninguna avería en mi zona puesto que SÓLO se había ido la luz en MI casa); no hay ninguna avería en su zona, por favor, para notificar una avería diga el DNI del titular; le pasamos con un operador. ¡POR FIN!
Pues le digo lo que hay, y, para mi sorpresa, me dice que le brigada se pasaría esa misma noche a ver si pasaba algo en las acometidas. Total que siendo las 23.15 o por ahí, me acuesto. A las 00.05, medio dormido ya, oigo un coche pasando cerca de mi casa. Decido intentar dormir, ignorarlos ya que tenían el campo libre para revisar los postes. Misión imposible: suena el puñetero DOMO; me reclaman. Me toca salir fuera, y irme por el medio de los matorrales hasta el presunto culpable de quedarme sin luz (el árbol a un cable pegado) con dos tipos bien pintorescos: un asturianu la leche de simpático que ya vino una vez -a poner unas chapas en un poste para que mis hermanitos no subieran por él, los jodíos- y que no paraba de contar chistes y chascarrillos, y otro que más bien tenía ganas de irse a dormir y acabar pronto, se le veía un poco harto ya. Empieza a llover (sí, justo lo que faltaba).
Total, que el norteño se sube al poste ese que está liado con las ramas mientras el otro le enfoca desde abajo con otra linterna potentísima, mide la tensión a ver y dice que ahí no está el problema. Total, una travesía lloviendo y entre los mierdamatorrales del terreno del vecino pa´ná. Volvemos a mi casa y abrimos el contador, y yo cagándome en todo lo que se mueve para que estuviera allí la avería y no dentro de casa. El tío vuelve a medir, estando allí todos ya calados, y en principio dice que allí tampoco pasa nada.
Yo le digo que dentro de casa no puede ser -más por inercia que por convencimiento- y el tío comprueba, comprueba y vuelve a comprobar. En primer lugar, le resulta sospechoso que tenga un fusible de cincuenta y no se cuántos amperios en vez de uno de 23 o 28 (no me acuerdo cuál dijo), que era el normal en instalaciones domésticas. Al parecer se equivocaron el día de la granizada al ir embalados de un sitio a otro ante la avalancha de averías. Total, que pone el que conviene, pero nada: seguimos sin luz.
En esto que le veo sacar cuatro cables (dos de entrada y dos de salida) de una caja blanca (similar a los PTR de Telefónica) y unirlos directamente con cinta aislante. Cuando termina, le da a un interruptor que está por ahí dentro del contador y, se hace la luz.
Resulta que la caja ésa se llama “limitador”, y al parecer, el día que granizó -en el que hubo una buena subida de tensión, de ésas que destrozan la mitad de electrodomésticos, como me pasó a mí- se escoñó, “limitando” más de lo que debía. De ahí las puñeteras (y aleatorias) bajadas de tensión que he sufrido durante los últimos dos años. Para rematar la faena, el tío coge unos alicates y destroza la puñetera caja limitadora. Según él, “para que no haya confusiones en futuras reparaciones”. En mi opinión, como gesto para descargar la rabia por haber estado hora y pico bajo la lluvia para encontrar el dichoso motivo de la avería.
Y así, se fueron siendo la 1.10 de la madrugada. Me fui a dormir, estaba que me caía.
Y no se han vuelto a repetir los bajones de tensión
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